El pasado 25 de julio en medio de Times Square se llevó a cabo la segunda edición de la Guelaguetza. En uno de los puntos más concurridos de Nueva York, el pueblo zapoteco de San Pablo Güilá, ubicado en los Valle Centrales de Oaxaca, se abrió paso para que miles de personas pudiéramos admirar sus más queridas tradiciones comunitarias. Familias enteras se dieron cita desde horas antes de comenzar el evento, trajeron sus sillas y algunos cuantos se sentaron en el suelo, esperando a que diera inicio el espectáculo. Todo esto no hubiera sido posible sin el esfuerzo y coordinación de Miguel Hernández el dirigente de la organización Raza Zapoteca, conformada por personas migrantes provenientes de aquella región de Oaxaca. Fue un evento conmovedor, donde chicos y grandes bailaron al ritmo de las 12 presentaciones de este maravilloso evento. El grupo de danza Galguez Laxá conformado por jóvenes zapotecos, que viajaron días antes de México a Nueva York, para apoyar a las y los paisanos de su comunidad que radican en la unión americana. Fue un orgullo para todo el pueblo de San Pablo Güilá, que jóvenes talentosos vinieron a dar un poco de esperanza a su pueblo y mostrar a los neoyorquinos su arte heredado por sus B+n gul (abuelos).
Más allá de lo que representa para nuestra cultura la Guelaguetza en medio de la urbe de hierro, es uno de los tantos esfuerzos que la comunidad mexicana está haciendo para mostrar el otro lado de nuestra historia. En medio del terror que vivimos,- promovido por el actual gobierno-, y en un país donde continuamente en las noticias escuchamos sobre las redadas en varias ciudad de EUA; la muerte de personas en custodia del ICE; la criminalización por nuestro color de piel; así como la políticas de odio contra las comunidades latinas que radican en este país. Las y los mexicanos nos hemos caracterizado por ser un pueblo trabajador, que durante décadas hemos llegado a este país con el único objetivo de salir adelante. Nuestra fama nos antecede y ha trascendido fronteras.
A pesar de esto en la actualidad nuestras familias viven con miedo. Temen viajar o inclusive salir a la calle por el temor a ser detenidos. Familias de estatus mixto viven encerradas en sus casas, mientras que los delincuentes de cuello blanco y pederastas gobiernan países. Estas son las incongruencias del mundo actual, donde el romper las reglas está permitido, siempre y cuando tengas el dinero para evadir la justicia. Esa misma justicia que no se ha visto en los casos de los 17 mexicanos muertos en custodia del ICE y para que no olvidar sus nombres aquí los nombramos: Abelardo, Jesús, Jaime, Lorenzo Antonio, Óscar, Silverio, Ismael, Miguel, Leo, Gabriel, Ever, Alberto del pueblo zapoteco, Roger del pueblo Tzolzil, José, Alejandro, Félix y Lorenzo Salgado esté último asesinado mientras conducía su automóvil hacia su trabajo en el estado de Texas. Todo apunta que la impunidad reinará en estos casos, al no ser mujeres o hombres blancos será difícil hacer valer la justicia.
Son duros momentos los que vivimos, parecíera que a pesar de los años las políticas de división y racismo son similares a las vividas durante el apartheid. Es por esto que hacer resistencia es la estrategia, que como pueblo estamos implementando, ya sea repartiendo silbatos en la calles, informando a la gente sobre sus derechos, acompañando a las personas en las cortes de migración, brindando asesoría jurídica, alertando a la comunidad cuando hay presencia de ICE o haciendo una Guelaguetza. Esto nos une como pueblo, un pueblo golpeado por las políticas de muerte que se viven y que están focalizadas hacia nuestra comunidad. Al platicar con las familias migrantes, el mismo discurso se repite resistir; resistir por ellos, por sus hijas e hijos que nacieron en este país y son ciudadanos de ambas naciones. Esas niñez que con orgullo hablan las lenguas de sus ancestros como el Náhuatl, el Tu ‘un Savi o el Zapoteco, además del español e inglés.
Lo que alguna vez soñó Miguel ahora se vuelve revolucionario, pues sin buscarlo logró que en centro financiero del mundo se escucharan los sones mazatecos o se vieran a las chinas oaxaqueñas danzar con sus canastas. Nos hizo volver a sentirnos libres de bailar y reír sin el temor de ser detenidos o señalados. En ese momento todas y todos nos arropamos, añorando una tierra que pareciera lejana; sabiendo que este festejo es un pequeño respiro en medio del terror que hemos experimentado. Miguel tuvo que esperar dos años para volver a ver danzar a su pueblo en Times Square, pero aquel sábado nos hizo soñar con la libertad que todas y todos extrañamos. Hoy el pueblo zapoteco debe de sentir orgullo de sus hijos e hijas.






