Tiempos oscuros

Por Fabiola Mancilla Castillo

Recorriendo los pasillos de la County Courthouse en El Paso, Texas se encontraba el pasado viernes 11 de septiembre la pequeña Lupita del pueblo Ñuu Savi. Ella con tan solo 6 años tuvo que enfrentar “la justicia” de los Estados Unidos. Es originaria de la comunidad de Xalpatláhuac de la Montaña de Guerrero. Su historia comenzó después de una persecución donde fue detenida por la patrulla fronteriza. Su madre María, – con engaños-, confió a su hija al pollero que las llevaba bajo el argumento que así “era más fácil para el cruce”. Nunca pensó que esa decisión la marcaría de por vida; pues al ir Lupita sin sus padres, fue considerada como menor no acompañada; condenando sin saberlo a lidiar con el sistema legal norteamericano. En el país de las barras y las estrellas, el debido proceso se ha vuelto discrecional, pues después de la reducción presupuestal hacía varios programas, entre ellos la defensa de los menores migrantes, obligando a las y los niños a defenderse ellos mismos.

Esta cruenta historia no es única, se repite día a día a lo largo y ancho de la unión americana; donde se puede ver a niñas, como Lupita de tan solo 6 años, respondiendo solas a las preguntas que les hace el juez de migración. Parece inverosímil, que en una sociedad donde hasta el más sanguinario criminal cuenta con representación legal gratuita, una niña o niño tiene que defenderse por sí solo. A pesar de esta dura prueba, Lupita ha mostrado la casta del pueblo de la lluvia, que en lugar de intimidarse, le da fortaleza a sus compañeros en la corte y les sostiene la mano.

Este duro relato solo nos muestra los momentos tan oscuros que se encuentran enfrentando los Estados Unidos; aquella nación que se levantó por migrantes, ahora les da la espalda. La sensación de miedo e incertidumbre nos contagia a todas las personas con o sin documentos. Las familias toman decisiones y muchas de ellas han empezado el retorno a sus países de origen, ejemplo de esto, es lo que se encuentran viviendo las comunidades de Honduras, Haití, Venezuela o Nicaragua con el retiro del Estatus de Protección Temporal, – TPS por sus siglas en inglés-, que los están dejando como indocumentados. Mientras tanto, grupos radicales y el mismo gobierno siguen perpetuando el discurso de xenofobia donde responsabiliza a la comunidad migrante de todos los males de su nación.

El futuro político de aquel país está en juego, pues con las elecciones intermedias de a la vuelta de la esquina en medio de una frágil economía; la popularidad de Trump en declive y la guerra en medio oriente dividendo opiniones, pareciera que lo único que pueden usar para obtener más votos es el “éxito” de las deportaciones; que su administración han la cifra de más de 570 mil. Sumado a esto, el temor que existe por parte de los integrantes del partido repúblicano de perder la mayoría en ambas cámaras, hace que la narrativa anti inmigrante sea el mejor de sus recursos.

No sabemos lo que le espera a la comunidad migrante que vive en EUA, lo que sí sabemos es que continuarán resistiendo y luchando para sobrevivir. Tal como lo hace la pequeña Lupita que a pesar de todo ella se mantiene firme, mirando al frente y repitiendo a los demás niños “qué todo estará bien”. Ese valor se observa en los más de 11 millones de mexicanos y mexicanas que viven de aquel lado de la frontera, que a pesar del miedo día a día salen a trabajar para mantener a sus familias. Su lucha ha sacado a flote a regiones como la Montaña de Guerrero donde las remesas sostienen a la economía. Lo irónico de esto, es que el gobierno de México, en lugar de solidarizarse, ha comenzado con la retórica de que tener dobles nacionalidades es un riesgo para gobernar. Más allá del argot legal y constitucional, la narrativa es lo que duele a la comunidad mexicana en el exterior. El discurso que se repite una y otra vez es lo que ha calado en lo más profundo de su corazón; pues a pesar de la distancia siguen siendo fieles a la patria que los vio nacer. Todos ellos, viven con orgullo su identidad a pesar de la adversidad. Esa misma identidad les ha costado hasta la vida. Es por eso que se vuelve muy doloroso escuchar los discursos de los políticos en sus debates, donde cuestionan su lealtad a la patria. Hablando de todos ellos y ellas como extraños, en lugar de que sus palabras den un poco de luz en medio de tanta oscuridad. Confiamos en que la empatía les haga corregir sus discursos, que nos sientan como hermanas y hermanos más allá que enemigos.


Foto de Eugene Chystiakov en Unsplash. Imagen ilustrativa.

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